Los números no mienten, pero tampoco explican por sí solos la historia completa. Que El Salvador haya importado más de $3,294 millones en alimentos durante 2025 no es únicamente un dato comercial: es un reflejo de una vulnerabilidad estructural que el país no puede ignorar. Cuando las importaciones duplican con creces las exportaciones, no hablamos solo de balanza comercial; hablamos de seguridad alimentaria, resiliencia económica y soberanía productiva.
La dependencia creciente de alimentos importados suele justificarse bajo la lógica del mercado: es más barato comprar afuera que producir adentro y además en el hecho histórico que desde la reforma agraria se destruyó la producción agropecuaria. En términos estrictamente contables, el argumento parece razonable. Pero la economía real —la que sienten las familias— es menos simple. La volatilidad de precios internacionales, las disrupciones logísticas, los conflictos geopolíticos y los fenómenos climáticos convierten esa aparente eficiencia en un riesgo permanente. La factura externa puede dispararse en cualquier momento, y el impacto recae, inevitablemente, en el consumidor.
El dato más inquietante no es solo el monto total, sino su composición. Cereales, preparaciones comestibles, carnes, lácteos, vegetales. Muchos de estos productos no son lujos ni bienes prescindibles; son la base de la dieta cotidiana. Importar maíz o frijoles —pilares históricos de la alimentación salvadoreña— revela algo más profundo que una simple preferencia comercial: evidencia el debilitamiento sostenido de la producción agrícola nacional.
Reducir la dependencia no significa abrazar un proteccionismo rígido ni negar la integración comercial. Significa reconocer que un país no puede descansar exclusivamente en mercados externos para alimentar a su población. La autosuficiencia absoluta es improbable en un mundo globalizado, pero la diversificación productiva y el fortalecimiento del agro son no solo posibles, sino estratégicamente necesarios.
El camino es reactivar la producción local, implica empleo en zonas históricamente rezagadas, dinamización de economías locales, reducción de presiones migratorias y mayor estabilidad de precios internos. Los agro mercados impulsados por el gobierno son un buen comienzo, pero hay que dar pasos más agresivos y quizás buscar cooperación internacional en naciones que han salido adelante como Israel porque cada hectárea cultivada es también una barrera contra la pobreza y una inversión en cohesión social.
El productor local no compite únicamente contra precios internacionales; compite contra décadas de rezago estructural Se necesita tecnología, riego eficiente, semillas mejoradas, logística, seguros agrícolas, acceso a mercados, capacitación. No se trata de volver al pasado, sino de construir un agro competitivo, productivo y viable en términos empresariales. La agricultura de subsistencia difícilmente resolverá la dependencia; la agricultura moderna puede hacerlo.
La seguridad alimentaria es, en esencia, seguridad económica. Un país que depende excesivamente de importaciones para cubrir necesidades básicas queda expuesto a factores que no controla. Y en tiempos de incertidumbre global, esa exposición deja de ser teórica y nos lo han demostrado las crisis recientes en Nicaragua y Guatemala, o incluso efectos más lejanos como la invasión rusa a Ucrania.
El Salvador no necesita cerrar sus fronteras comerciales. Necesita abrir oportunidades productivas dentro de ellas. Necesita que la producción local deje de ser una actividad de resistencia y se convierta en una apuesta rentable. Necesita, en definitiva, equilibrar eficiencia económica con resiliencia nacional.
