Para el mayor Baltazar Solano, la vida se resume en dos propósitos sencillos pero contundentes: «buscar ser felices y servir». Sin embargo, cumplir con esa premisa le ha costado quemaduras, días de hospital y la angustia de no saber nada de su familia durante días mientras rescataba a otros de los escombros.
Ahora, como director del Cuerpo de Bomberos de El Salvador, su historia personal se entrelaza con la conmemoración de los 143 años de una institución que nació con cuatro bombas manuales y que hoy busca la modernización.
El recluta de Santa Anita
Dice que recuerda perfectamente ese día. Era viernes, 1 de marzo de 1991. El joven Baltazar, originario de un cantón de San Rafael Obrajuelo, ingresaba al Cuartel Central en el Barrio Santa Anita con 18 años recién cumplidos. No tenía una vocación clara; llegó invitado por amigos, casi por curiosidad, a una institución que en aquel entonces operaba bajo la rigidez de la disciplina militar.
«Siempre nos da nervios, siempre tenemos miedos», confiesa Solano al recordar sus inicios.
Su bautismo de fuego no tardó en llegar con un incendio de grandes proporciones en el Colegio Centroamericano. Aquella noche, el joven recluta se enfrentó a una realidad que definiría gran parte de su carrera y de la historia de los bomberos en las últimas décadas: la voluntad de servir frente a la precariedad de los recursos.
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143 años: De las bombas manuales a la autonomía
La historia del Cuerpo de Bomberos se remonta al 12 de febrero de 1883, oficializado bajo la presidencia del Dr. Rafael Zaldívar. Sus inicios fueron modestos, con apenas 20 hombres y cuatro bombas manuales bautizadas con nombres de países centroamericanos, que requerían la fuerza de 12 hombres para operar y lanzaban agua a duras penas.
Durante gran parte de su vida operativa, Solano vivió una época que, aunque distante de 1883, compartía la carencia. «Entramos cuando todo el mundo sale huyendo del riesgo», relata. Pero entraban con desventaja. Durante años, los bomberos enfrentaron temperaturas de más de 1,000 grados con cascos usados de otros países, capas deterioradas y, a veces, llegando a las emergencias en camiones cuyas bombas fallaban al intentar lanzar agua.
Eran tiempos donde la burla de la gente se mezclaba con la impotencia de querer salvar una vida y no tener la herramienta para cortar el hierro de un vehículo.
A pesar de haber pasado de depender del Ministerio de la Defensa al Ministerio del Interior tras los Acuerdos de Paz en 1995, y posteriormente convertirse en una entidad autónoma en 2022, el verdadero cambio para los bomberos ha sido la dignificación de su labor a través del equipamiento real. Hoy, tras la llegada del presidente Nayib Bukele, la institución cuenta con trajes certificados, equipos de respiración autónoma y una flota vehicular que permite tiempos de respuesta de minutos, algo impensable cuando Solano comenzó, época en la que un incendio podía tardar días en controlarse.
Las marcas del oficio
La vocación de bombero deja huellas. Solano lleva las suyas desde el 25 de septiembre de 1992, cuando la explosión de un barril de aluminio pulverizado en una cohetería lo lanzó por unas gradas, causándole quemaduras en el rostro y manos que lo mantuvieron nueve días hospitalizado y tres meses fuera de servicio.
Pero hay otras marcas que no son físicas y que, según el director, son la verdadera retribución. En el terremoto de 2001, mientras estaba incomunicado y desconocía la suerte de sus propios padres, Solano trabajó desde las 10:30 de la noche hasta las 4:00 de la mañana en Las Colinas, Santa Tecla, para rescatar a una joven de 22 años. Ella estaba embarazada. Esa niña que nació después de la tragedia, llamada Milagro de Jesús, hoy es una mujer adulta.
Haber sido parte de esa historia, asistir a sus quince años y ver la vida florecer donde hubo muerte, es para Solano «la mejor oración del ser humano: el trabajo bien hecho».
El costo familiar y el futuro
Ser bombero implica un sacrificio silencioso que a menudo absorbe a la familia. «En caso de una emergencia, yo me tengo que ir», afirma Solano con la resignación de quien ha aceptado su deber. Las familias de los bomberos aprenden a vivir con la ausencia en los momentos críticos y con el miedo latente de que ese turno sea el último. La institución guarda en su memoria y en placas de honor los nombres de aquellos que fallecieron en cumplimiento del deber, víctimas muchas veces de la falta de equipo adecuado en el pasado.
Al cumplir 143 años, el Cuerpo de Bomberos de El Salvador se encuentra en una fase de expansión, proyectando nuevas estaciones y apostando por la profesionalización académica de sus elementos. Si se le pide al Mayor Solano definir más de un siglo de historia y tres décadas de carrera propia en una sola palabra, no duda. Su respuesta no es técnica ni política, es puramente humana: «Servicio».
